Maluquera cívica
 

Sebastian Patiño Villegas

Por razones largas y arduas de contar, que pertenecen menos a la política que a la fisiología del ánimo, hace unos días empecé a notar que la campaña me ponía maluco. La secuencia tenía la consistencia de un rito y por eso fatigaba más. El titular de la mañana, el audio del mediodía, el video del atardecer. Al final del día, la sensación era la de haber pasado horas tragando fragmentos de mundo sin masticar, pequeñas hostias digitales que uno recibe, reenvía, comenta, y que van formando, sin que uno lo advierta, una liturgia del impacto. 

En medio de ese cansancio excitado, mezcla de café y sobresalto, me dije que exageraba, que era el viejo dramatismo latinoamericano, nuestra costumbre de convertir cualquier coyuntura en Apocalipsis. Esa misma noche, para salir de la obnubilación, abrí la encíclica reciente del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, y me encontré con una frase que me devolvió de golpe un diagnóstico epocal: “La transformación digital nos pide redescubrir la verdad como bien común”. Qué fino, pensé. Una frase destinada a pensar la transformación digital terminaba nombrando, sin buscarlo, el malestar electoral, con el algoritmo reducido a síntoma y el problema instalado en otra parte, en el régimen de la verdad, en su uso, en su circulación. Quizá no debería sorprender. Cuando alguien desde Roma siente la necesidad de recordarnos que la verdad es un bien que se comparte y no un arma que se empuña, es porque el incendio ya se ve desde lejos.

Verdad como bien común. La expresión tiene algo de medicina preventiva. Me hizo pensar en esos bienes invisibles que solo notamos cuando fallan. El agua potable, por ejemplo. Nadie habla de ella mientras corre por el grifo, pero basta una semana de racionamiento para que la ciudad cambie de carácter. Aparecen los baldes en los pasillos, las filas en las esquinas, los vecinos midiendo litros como si midieran esperanza. Con la verdad pasa algo parecido, porque también ella funciona como infraestructura. Mientras existe un mínimo acuerdo sobre los hechos, uno puede discutir programas, ideologías, candidatos, temperamentos y seguir compartiendo el piso; pero cuando el hecho empieza a circular como leña para la candela, con audios recortados, cifras sin fuente, “fraudes” soltados como consigna y acusaciones que corren más rápido que la prueba, la discusión cambia de oficio. Deja de ser trabajo del sentido y se vuelve gimnasia de victoria. Entonces el suelo se ablanda, la confianza patina y el país, como una calle sin alcantarilla en aguacero, se vuelve barro.

Y en ese barro llega la segunda vuelta, con el aire inquieto que precede a los terremotos políticos. Los finalistas y sus máquinas ya trabajan el país con la lógica que premia el golpe y castiga el matiz, como si la democracia fuera una competencia de reflejos y no una lenta artesanía de convivencias. Uno lo siente en el rumor de las redes y en el tono de los atriles. El premio verdadero es el monopolio de lo real, el derecho a ponerle aduana a la realidad, a dictar, como diría Rancière, el reparto de lo sensible. Quien controla esa frontera decide qué entra como hecho y qué sale como chisme. ¿Y el otro? Del lado de afuera. Convertido en ruido, en trampa, en error.

Desde entonces, ya no interlocución: alucinación. No en el sentido clínico —que sería otro asunto— sino en ese sentido civil donde la imaginación paranoica toma el mando y trabaja con una eficacia feroz. Uno cree que el vecino es una amenaza mayor que la catástrofe. Actúa como si la catástrofe fuera el vecino. En los desastres, se sabe, ocurre algo instructivo: mucha gente se conduce según lo que supone de los demás. Si cree que los otros van a saquear, se adelanta y saquea; si cree que lo van a traicionar, traiciona primero. Es una coartada íntima, esa lógica de devorar o ser devorado, que además produce una extraña sensación de lucidez. El miedo se ofrece como clarividencia.

En medio de ese ruido, barrullo de feed y atril,  recuerdo a Irene Vallejo: “Por eso, tal vez el único antídoto sea escuchar: puedes elegir ejercitar o el odio o el oído.” Y entonces se vuelve visible la operación de fondo, porque la campaña disputa votos y disputa órganos, disputa el régimen de atención con que cada cual percibe al otro, y en esa disputa nos educa, nos entrena, nos acostumbra, ya sea a la escucha, esa forma civil del tiempo, o al reflejo que muerde antes de preguntar, ese automatismo que convierte el desacuerdo en amenaza y la política en cacería verbal. En esa bifurcación, que parece pequeña y diaria, se decide más de lo que deciden las urnas.

La polarización, en ese sentido, se juega en el lenguaje, allí donde el vínculo se hace y se deshace por el modo de decir. La guerra empieza por la lengua porque la lengua es el primer territorio que se ocupa. Cuando el adversario se vuelve figura maldita, la palabra deja de servir para hablar y empieza a servir para cortar. Después las urnas ordenan, pero no curan. En Colombia —país que conoce el costo de convertir al otro en objetivo— esa música se sabe de memoria.  No hace falta pronunciar palabras grandes para reconocerla. Basta escuchar el tono con que se habla del “otro bando” en cualquier chat familiar.

Los antiguos conocían esa mecánica con otros nombres. Virgilio, por ejemplo, describe a la Fama como un monstruo que crece mientras avanza. En Roma no había redes, pero ya existía esa criatura emplumada, de boca múltiple, que mezcla noticia y calumnia, que vuelve hecho lo que apenas es sospecha, que fabrica unanimidades en cuestión de horas. Hoy, arriesguémonos a decir, la Fama ya no lleva plumas sino notificaciones. Vive en el feed, salta de chat en chat como una brasa, se reproduce en capturas, en recortes, en “mire esto”, en “me llegó”, en “dicen que”.

Y con la Fama llegan los augures, porque el presagio siempre ha necesitado un soporte, un signo, una materia para leer. ¡Helos allí, los augures de nuestra época! Antes se leían entrañas y vuelos de pájaros; ahora se leen tendencias, sondeos y gráficas. El oráculo moderno viene con planilla y sonrisa televisiva. Pronostica, sentencia, reparte destinos como si el porvenir fuera una mercancía prolija. Y el público, cansado, compra alivio bajo la forma de certeza.

Colombia llega a esta segunda vuelta —como a casi todas— cargando más historia de la que puede metabolizar en seis semanas de campaña, y esa desproporción se vuelve hoy más cruel porque el régimen de atención ha cambiado. La pantallita ofrece velocidad y recompensa el reflejo; ofrece indignación lista para usar y penaliza la demora; ofrece pertenencias instantáneas y vuelve sospechosos los lazos largos. El país, en cambio, necesita paciencia, deliberación, tiempo común, esa materia lenta sin la cual la convivencia se vuelve espuma. La asimetría siempre estuvo ahí, pero ahora se oye más, se ve más, duele más, porque uno lleva el celular en el bolsillo y la campaña lo lleva a uno, sin pedir permiso, en el suyo.

He pensado, sin dramatismo, que la elección más difícil en estas semanas no está en el tarjetón. El candidato importa, claro. Lo arduo es otra cosa: la lengua. Se elige, sin declararlo, si uno se vuelve accionista de la furia o albañil de una conversación posible; si el adversario conserva estatuto de interlocutor o si asciende, por vía de una alquimia verbal, a figura maldita. Y esa elección continúa después del conteo.

No sé si el país logrará acuerdos amplios. La paciencia, esa virtud de la verdad, anda escasa. Y sin embargo resulta diciente que una encíclica, que se atreve a pensar la vida humana en tiempos de pantallas que jerarquizan lo visible y administran lo creíble, termine leyéndonos (o permitiéndonos leer) la campaña con tanta precisión, y sobre todo recordándonos que custodiar lo humano es custodiar el idioma en que lo humano se reconoce.

En la noche, cuando regresa la maluquera cívica, intento una operación mínima. Cierro la pantalla un minuto. Respiro. Me repito que la verdad, para ser bien común, necesita menos fuegos y más oficio. Y que el país que quedará después de votar será, en buena medida, el país que hayamos sabido decir sin destrozarnos.

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